“El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios se ha acercado. Arrepentíos y creed en el evangelio.” (Marcos 1:14–15)
Jesús comienza a predicar el Evangelio del Reino justo después del encarcelamiento de Juan. No se apura, no se superpone: espera el tiempo de Dios. Y ese detalle, que parece pequeño, es una lección enorme para la vida: aprender a esperar para no producir “Ismael”, sino recibir “Isaac”.

Juan no era un título honorífico: era una vida ofrecida. Fue fiel a la verdad aunque le costara el prestigio… y finalmente la cabeza. Porque el siervo de Dios honra a Dios antes que a los hombres. Y esa fidelidad nos recuerda algo que hoy no queremos olvidar: Dios es el Dios de la historia, ve lo oculto, conoce los secretos del corazón y todos compareceremos ante el tribunal de Cristo.
El Reino no es una idea abstracta: requiere un Rey y un pueblo que obedezca. Herodes podía tener un título, pero era un “rey de figurita”. En cambio, Jesús vuelve a Galilea con una convicción: el Reino se acerca porque el Rey se acerca. El Padre lo inviste, el Espíritu lo guía, y entonces aparece el anuncio: “Esta es la hora”.
Y si el Reino se “acercó”, es porque también puede “alejarse” de una nación que rompe el pacto. En Cristo, Dios abre un nuevo pacto para judíos y gentiles: una invitación a entrar por la única puerta verdadera: la cruz.
En el Reino, lo esencial se reconoce así:
- Hay un Rey que gobierna: Jesucristo.
- Hay un pueblo que aprende a obedecer.
- Se entra por la puerta de la cruz: humillación, arrepentimiento, fe.
- La marca del Reino es la mansedumbre y la humildad.
- El Reino se vive en lo cotidiano, no solo en reuniones.
Jesús lo dijo sin vueltas: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón”. El Reino no se impone con violencia; se revela en una vida transformada.
La obra pastoral —y el servicio en general— tiene una imagen preciosa: preparar a la novia para el Hijo. Cuidar la iglesia con integridad, con santidad, con pureza. No usar a los hermanos para beneficio propio, no cargar pesos insoportables, no “señorear”. El Padre busca una esposa para el Hijo, y eso pone temor santo y responsabilidad a todo el que sirve.
Pero también hay consuelo: la esposa de Cristo está formada por gente real, diversa, a veces fácil y a veces difícil. Algunos son firmes; otros caen, confiesan, vuelven a levantarse. Y aun así, el llamado es caminar juntos, sanar, crecer y vestirnos de “ropas blancas”, porque el Reino es presente… y también es destino.
“El Reino hoy es una comunidad de hombres y mujeres que viven la vida de Jesús. Se aprende de Él… y aprendemos los unos de los otros.”
Ángel Negro
Ideas clave para vivir el Reino
- Arrepentimiento profundo: Dios mira el corazón, aun lo oculto.
- La cruz es la puerta: no hay Reino sin humildad y verdad.
- Un lenguaje distinto: sin queja, sin chisme, con honra y gratitud.
- Ojo bueno: ver virtudes antes que defectos.
- Reino cotidiano: se vive en casa, en el trabajo, en lo simple.
El Reino se nota en el trato. Cuando un hombre honra a su esposa, cuando alguien trabaja con integridad, cuando un creyente sufre en silencio y permanece fiel… eso predica. El Reino se transmite por contagio santo: miro una vida y entiendo algo de Cristo.
Y por eso el llamado es concreto: hablar bien de los demás, preferirnos en honra, perdonarnos, compartir con el necesitado, llorar con el que llora y alegrarnos con el que es bendecido. La queja amarga la boca y apaga la gratitud; el Reino, en cambio, devuelve al corazón su alabanza
Jesús lo explicó con una pregunta simple: ¿con qué ojo mirás? Hay un ojo bueno que llena de luz; y hay un ojo malo que oscurece todo. Con el ojo malo encontramos defectos; con el ojo bueno vemos virtudes. Y cuando descubrimos que miramos mal, el camino es el del Reino: arrepentirnos, confesar y volver a mirar con los ojos de Jesús.
El Reino es aquí y ahora, y también será después. Así que podemos empezar hoy mismo: mirar al hermano con el ojo bueno, agradecer por su vida, y pedirle al Señor que su Espíritu siga trabajando en nosotros para parecernos más a Cristo.
